La familia en mi vocación

Como ya en la casa familiar se olían la cosa, no me quedó más remedio que anunciar que quería ser jesuita cuando aún me faltaban dos cursos para terminar la carrera y entrar en el noviciado. No se murieron de pena, no saltaron de alegría. Creo que se sorprendieron. Tras un cierto silencio incómodo durante ese par de años, finalmente me fui al noviciado. Con ello, de alguna manera se rompieron los sueños que mi familia tenía para mí.

verme confirmado e ilusionado con mi vocación han hecho que hoy mi familia se sienta parte de esa gran “familia”

Al mismo tiempo, tuvieron cierto miedo a perderme. Supongo que confrontaban dos visiones falsamente idealizadas: por una parte, lo que mi familia pensaba que habría podido ser mi idílica vida con un buen trabajo, viviendo todos al lado y con mi propia familia maravillosa (típica peli de sobremesa), frente a una vida en la Compañía en la que jamás me volverían a ver porque moriría como misionero devorado por caníbales en la Polinesia. Ojo, que la imaginación de una madre da para eso y más.

Sin embargo, ya desde bien pronto las visitas a mi comunidad desde el noviciado y los posteriores destinos, la coincidencia con otras familias en distintos encuentros o el verme confirmado e ilusionado con mi vocación han hecho que hoy mi familia se sienta parte de esa gran “familia” que formamos los compañeros jesuitas más toda nuestra gente, contentos y agradecidos por mi vocación. Ahora, cuando voy de visita y se alargan las sobremesas, charlamos de compañeros que han conocido y recuerdan con cariño, comentamos las novedades en nuestras obras e instituciones, o me preguntan por alguno de los mayores que saben que está ya enfermo. Me doy cuenta entonces de que, aunque les costara mi entrada en la Compañía, hoy están felices porque, sin saberlo, entraron también ellos.