De llanero solitario a hombre pobre

No sé si el momento que vivimos es mejor o peor que en otros tiempos en esto de vivir la vocación a la vida religiosa. Quizás hace un tiempo era como más normal, incluso estar de moda. Hoy no es así, si estuviera de moda, estarían nuestras casas llenas de jóvenes. Y no es así. Es muy complejo hacerle sitio a la invitación personal de Jesús de consagrar la vida entera a su Buena Noticia y a su Reino. No es fácil.

Sin embargo, el planteamiento es equívoco si uno piensa que solo va a poder con este maratón de fondo. No es verdad que la vocación se viva como el llanero solitario. En mi caminar como jesuita me he cansado muchas veces, pero muchas veces también, he sentido la presencia del Señor que reconforta en la oración y que anima en la celebración de la fe. Pensar que esto depende solo de mí es casi pecado, porque me aleja enormemente de lo que desea Dios para mí y de su sueño para conmigo.

he sentido la presencia del Señor que reconforta en la oración y que anima en la celebración de la fe

Hay una regla matemática que tengo comprobada en estos años de vida de jesuita. Cuanto más me alejo de Jesús, más cansado me siento en la misión. No se trata de pelear, se trata de orar. Descubro que la oración y la relación personal con el Señor sigue alimentando mi debilidad y mi pobreza para continuar en mi vocación. No me siento un héroe por estar sobreviviendo en un momento secularizado, como los resistentes en las trincheras de la guerra. Me reconozco más como hombre pobre que intenta cuidar la relación con Jesús para continuar en la vocación y poder tener fuerza cada día para realizar el Reino sirviendo a tantos necesitados de Dios.

Photo by Carl Winterbourne on Unsplash