¿Has tenido siempre clara tu vocación?

 Por supuesto que no. La otra cara de la fe es la duda. Todos tenemos fe, prevaleciendo públicamente nuestra faceta creyente o increyente, pero todos nos damos respuesta a la pregunta acerca de la existencia de Dios. Nuestro lugar en el mundo depende de lo que nos contestemos, no tanto como fría respuesta racional, sino especialmente afectiva. Si, de verdad, dejamos espacio en nuestro interior para cuidar la relación íntima, de conciencia, entre la criatura y el Creador las nubes se irán disipando. Si la respuesta es la orfandad, nuestra vida se circunscribe a unos años cuya finalidad se encuentra en sí misma, nada transciende a ese tiempo determinado.

El sueño de Dios es siempre más grande que cualquier proyecto personal.

            Siempre hay dudas y son legítimas. Cómo voy a mantener un compromiso para siempre, con lo que cambia el mundo. Tampoco sabré si la persona que seré dentro de veinte, treinta o cuarenta años seguirá queriendo ser fiel a esta vocación. Ni si superaré las crisis personales y laborales. Si tendré la salud y las fuerzas suficientes como para continuar el camino. Es imposible calcular la cantidad de amores que se cruzarán en la vida. Los afectos se llenarán de muchas personas y surge la duda de si alguna será lo suficientemente importante como para formar una encrucijada ante el futuro. No sé si soportaré ser perseguido o ninguneado llegado el caso. Y tantas otras…

Sin embargo, tenerlo claro se puede visualizar en ese momento en que uno se va a la cama al final de la jornada. Ya tumbado, a punto de perder la consciencia por el sueño, echa una ojeada al día y queda un vestigio en las entrañas, una huella en el alma. De angustia, paz, ilusión, cansancio… Es en ese silencio existencial donde nos quedamos con un final, donde se imprime ese sello que nos quitará el sueño o nos permitirá el más feliz de los descansos. Esa certeza final depende de cómo haya sido el día, en qué tipo de persona nos hemos convertido. Y es ahí donde los que seguimos a Jesucristo, si con honestidad nos hemos derramado y volcado en ello, tenemos un último suspiro antes de caer en brazos de Morfeo que es el signo de la mayor de las claridades:

El sueño de Dios es siempre más grande que cualquier proyecto personal.

Creo que esa es la alegría que nadie puede quitar de la que se habla en el Evangelio. Esa certeza de fe es el mismo regalo de Jesucristo que me ha ido llevando: primero a ser cristiano, luego a seguirle como jesuita y quién sabe los nuevos puertos en los que tocará fondear.

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