Un hombre con una misión

Cualquiera que haya visitado una enfermería de jesuitas sabe que rara vez un jesuita está solo al final de su vida, las enfermerías son comunidades de compañeros, que ciertamente necesitan ayuda, pero que también viven como tales, acompañándose y cuidándose hasta el final. Cuando las fuerzas se acaban y empiezas a necesitar ser cuidado, después de toda una vida cuidando a otros, sigues siendo jesuita, vives como jesuita y por tanto sigues siendo un hombre con una misión: orar por la Iglesia y la Compañía.

La misión también tiene que ver con sentirse acompañado y sostenido

A veces creemos que la misión solo tiene que ver con el “tener los brazos cansados de bautizar” de San Francisco Javier, con tener una vida pública llena de trabajo, de infinitas tareas que desbordan la agenda y días que parece que tengan 30 horas. Una vida plenamente hacia afuera, completamente entregada al mundo que la rodea, y que cobra sentido conforme el bien que podemos hacer alcanza a un mayor número de personas. Y esto es verdad, pero no toda la verdad. 

La misión también tiene que ver con sentirse acompañado y sostenido. Y por eso tiene sentido que la última misión que recibimos los jesuitas sea orar, sea cuidar ese diálogo con el que es el Señor de nuestra vida y pedirle que tenga presente a tantos otros que a lo mejor no tienen tiempo o fuerzas para orar en su día a día.

El final de la vida del jesuita no es soledad. Porque mediante la oración su vida se va poblando de nombres y lugares, de personas que se hacen presentes, de misiones que suenan lejanas en el tiempo pero que se hacen muy próximas cuando se las encomienda a las manos del Padre. La misión, el sentido de la vida, aunque reducidas las fuerzas, se mantiene, y la soledad, aunque sea compañera de camino, no se convierte en sombra que todo lo cubre, si no en parte de una vida que se ha desgastado hasta el final para los demás, siempre en misión.

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