Sortear las dificultades

 En el norte de España hay una experiencia que no podemos dejar de vivir: disfrutar la majestuosidad del Pirineo. Sus picos, de 2000 metros y más, se presentan ante nosotros desafiantes y atractivos a la vez.

Acoger la invitación de Dios es lanzarse, con todas las fuerzas de nuestra interioridad, a subir la montaña de la vida

Una mañana de cualquier otoño me dispongo con unos compañeros a subir el primer 2000, el Ory. El ascenso tiene de todo, desde los primeros pasos en los que la inclinación no presenta mayor obstáculo y podemos sentir la paz que transmiten los animales que pastan en las laderas hasta aquella parte escarpada y acompañada de niebla que hace nuestros pasos lentos y dubitativos. Pero, al hacer cima y ver cómo el horizonte de abre ante nuestros ojos, el corazón se ensancha y desde lo más profundo surge una voz que grita: ¡valió la pena! 

Acoger la invitación de Dios es lanzarse, con todas las fuerzas de nuestra interioridad, a subir la montaña de la vida sabiendo que el camino no es uniforme y los momentos de gozo, paz e ilusión conviven con la frustración, la duda y el deseo de abandonar.

En el ascenso al Ory de mi vida reconozco momentos difíciles de duda, desilusión, incapacidad e incertidumbre, no obstante, esos escollos, cuando el corazón está puesto en la cima y en lo que se puede ver y sentir en ese hermoso lugar, no son capaces de apagar el deseo de recorrer el camino, sortear los obstáculos y gozar del don de ser llamado por Dios.

En el ascenso a la montaña del discipulado la claridad no se obtiene por la facilidad del camino, se construye sorteando las dificultades, celebrando los pequeños logros y, sobre todo, sabiendo que en la cima la felicidad nos espera.

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