Veo mi vida y en ella personas

2 de agosto de 1961. 23 años. Tras acabar Ciencias Químicas y mi servicio de alférez de Milicias Universitarias en Zaragoza, he vuelto a Bilbao.

Tengo muy presente el esfuerzo de mis padres para mi bachiller en los Jesuitas de Indautxu y la carrera en Zaragoza. Mi aita espera ilusionado que trabaje con él en su pequeña fábrica de telas engomadas para gabardinas. Si él, vuelto de su emigración a Cuba, la ha sacado adelante sin formación, ¿qué no hará su hijo que ha terminado brillantemente Químicas?

Camino por la calle Urquijo lleno de incertidumbre. No me atrae el mundo de la empresa… ¿Miedo a la vida? De repente, me viene una pregunta: “¿No será que tienes vocación de jesuita?”.
Y una gran luz en mi mente, veo mi vida y en ella personas:

Las familias solidarias en mi barrio cuando el racionamiento; los compañeros del Colegio y de la Universidad, a los que solía ayudar; mis compañeros del equipo de baloncesto; los chavales de los jesuitas a los que entrenaba en Zaragoza; jesuitas significativos de ese momento… Siempre personas, hacer equipo, gratis, ayudarnos…

¡Jesuita! Sigue la luz y una idea se me apodera: “Levantarme por la mañana y todo el día para hacer el bien”. ¡Eso es! No como en una empresa. Así el 11 de septiembre entraba en el Noviciado de Veruela.

Aquel codo con codo con la gente, compañeros, alumnos… que me apasionaba, lo fui viendo más plasmado cada vez en Jesús de Nazaret. Él hacía presente el sueño de Dios para todas las personas, para toda la humanidad.

La buena persona que había en mí, se iba haciendo enamorada y seguidora de Jesús. Con Arrupe, con su recuperación de los Ejercicios Espirituales de Ignacio, con las Congregaciones Generales desde la 32 hasta la 35… se iniciaba una segunda evolución: me iba haciendo más jesuita, veía que la espiritualidad ignaciana daba sentido y aliento para seguir a Jesús y afrontar cualquier nueva situación de la humanidad.

Lo experimenté especialmente cuando, en la comunidad de Durango, los inmigrantes pasaron a ser parte de nuestra familia. “Nuestra casa es el mundo”, decía el P. Nadal. Nuestra familia es la humanidad entera, con Jesús como hermano, con Dios como Padre.

A mis 77 años, veo que aún puedo devolver algo, agradecidamente, a Dios, a la gente. Y la Compañía me sigue dando ocasiones preciosas para ello.

Juanjo Moreno SJ