Todo es don y gracia de Dios

Hace cincuenta años que entré en la Compañía de Jesús, y no te lo vas a creer: se me han pasado volando. Miro hacia atrás y veo años y más años que se comprimen y se juntan entre experiencias muy variadas y llenas de vida.

No sé cómo ha podido ser. Sólo se me ocurre que por pura gracia de Dios. A los 16 años yo no tenía muy claro hacia dónde dirigirme en concreto. De forma general sí veía claro que se trataba de vivir lo más honestamente posible y al servicio de los demás. Pero esto se podía hacer en muchos sitios y con formas de vida muy diferentes. Una de ellas era la vida religiosa.

Estuve dudando, buscando, pidiendo consejo. Me atraía una cosa, después me atraía otra. Pero siempre, después de cada búsqueda, me quedaba el interrogante de la vida religiosa.

Al final me dije: “voy a probar, que para eso está el noviciado. Si es que sí, ya llevo eso ganado. Si es que no, estamos a tiempo para empezar otra cosa”.

Entré al Noviciado a los 17 años. Fue pasando el tiempo, hice los votos, empecé los estudios y, en vez de dejarlo, cada día me entusiasmaba más. Me parecía increíble. Pero, visto lo visto, seguía adelante.

Fueron años convulsos, después del Concilio, con grandes cambios en la Compañía y en la sociedad. Fueron también años de ilusiones, de esperanza, de ganas de cambiar el mundo. Fueron los años del P. Arrupe y de definirnos al servicio de la fe y la promoción de la justicia. Y por esa senda fuimos en cuerpo y alma.

En la Compañía me encontré con personas maravillosas que nos guiaban como faros en las oscuridades de la noche. Encontré comunidades que me ayudaron a madurar y a ir encontrando la voluntad de Dios en mi vida. Encontré mucho más de lo que hubiera podido esperar. Yo no sabía cómo, pero lo que sí sabía es que Dios me iba guiando. Si no, no se explica.

Más de una docena de destinos en tareas y lugares muy diversos. Di clases como profesor, trabajé como mecánico en un taller, estuve estudiando en Madrid y en Roma, fui destinado a Nicaragua, en mitad del campo, a una Escuela de Agricultura, en tiempos de guerra y de bloqueo. Y en todas partes me fui llenando de vida.

Ya te digo que no sé cómo he llegado hasta aquí, tiene que haber sido por pura gracia de Dios. Lo que sí te puedo decir es que reboso agradecimiento y que no me cambiaría por nadie.

Muchas veces me acuerdo de aquel joven que no se atrevió a seguir a Jesús y “se marchó triste” (Mc 10, 22). Y me acuerdo también de Zaqueo, que devolvió lo robado y repartió su fortuna. Y dice el evangelista que ese día “llegó la salvación” y la felicidad a esa casa (Lc 19, 9).

A mí, en la Compañía, me ha pasado lo mismo.

Pedro Armada SJ