Tenía que responder...hasta hoy

Cuando tenía 18 años fui monitor de un campamento. Me encantó la naturaleza, la relación con mis compañeros y sobretodo entregarme a tope con los niños y niñas. Algunos de ellos tenían una familia complicada, desestructurada. Se notaba que reclamaban atención, cariño, que se les escuchara. Cuando llegué a casa, al final del campamento, me di cuenta que había vivido una experiencia de la que difícilmente me olvidaría.  

Empecé la universidad. Pero algo había entrado en mi corazón. Sentía una llamada nueva. Las miradas de aquellos niños se fueron transformando en una mirada de alguien más que me invitaba suavemente a dar una respuesta. Y pensé ¿y si entrara en la Compañía de Jesús? Y rápidamente rechazaba la idea. Puedo ayudar y dar respuesta a Jesús de otras maneras.   . Puedo hacer tanto por los demás. Incluso colaborar con una ONG. Sí, definitivamente rechazo la idea de ser jesuita. Me prepararé bien para ser un buen  profesional.

Esta idea me llenaba por dentro. Poner mi profesión al servicio de los demás. Así pasó mi primer año de universidad. Pero siempre me volvía la pregunta. Tenía una sensación de que debía darlo todo. Y entonces sentía unas cosquillas interiores y a la vez un miedo que me atenazaba. Y me imaginaba a Marta, la chica con la cual salía y la cara que pondría si le comentaba eso. Lo iba siempre descartando.

Fui a ver a un jesuita amigo. Y le conté lo que vivía, mis miedos, mis ilusiones, mis deseos. El jesuita me dijo que me pacificara. Que viviera mi vida tranquilamente y que ya descubriría mi camino. Pero que viviera en paz. Que había que discernir, pero sin prisas. Me tranquilizó. Me parecía que me sentía justificado para seguir mi camino en la universidad. Pero la idea de ser jesuita me volvía a venir con fuerza. Me daba cuenta que mi vida como laico tendría pleno sentido, pero había algo más a lo que debía responder.  

Entonces empecé mi discernimiento solo. Quería no tener contacto con los jesuitas. Temía que me condicionara su presencia, o que no me tomaran en serio. Y el proceso fue tranquilo. Duró 1 año y medio. Y en realidad fue simple. Cuando pensaba, mirando a Jesús, que deseaba ser  laico, sentía una alegría que me llenaba el corazón. Pero esta alegría duraba pocos días. Y cuando pensaba ser jesuita sentía algo que me duraba días y días, y las resistencias iban bajando de intensidad. Aunque éstas siempre me iban acompañando.

No es que fuera todo claro pero lo que sentía era un gozo superior a las dificultades. Y a veces, me daban ganas de llorar de ilusión. Dos palabras me cautivaron: Jesús y Todo. Sentía que debía dar una respuesta. Leía el evangelio y me cautivaba la persona de Jesús, su libertad, su modo de tratar a las personas, su relación con el Padre. Y me fui imaginando jesuita.

Entonces fui a ver a mi amigo jesuita y le dije que me parecía que Dios me llamaba a la Compañía. Empecé unos meses de discernimiento y de confirmación. Sentía un gran gozo y la verdad, mucho respeto. Algunos amigos me animaban y otros no entendían nada. Pero seguí adelante. Y el 26 de setiembre de 1965 entré en el noviciado. Hace ya casi 50 años. Ha sido la mejor decisión de mi vida. Gracias.

Pere Borràs, sj