No me da miedo enamorarme

Esto puede sonar escandaloso, pero no me da miedo enamorarme siendo religioso. De hecho, creo que es una experiencia casi necesaria. Pero da un poco igual lo que yo crea o lo que nos diga el estereotipo del buen religioso. Porque la realidad es que uno no elige enamorarse o no enamorarse. Sería algo así como tener miedo a tener el pelo rubio o que te gusten las lentejas. Son partes de nuestra vida que están ahí, que en cierta medida nos pueden determinar, pero que no elegimos.

enamorarse puede ser un aprendizaje del que puedes sacar mucho provecho

El riesgo para mí está en no darme cuenta de lo que sucede. Porque cuando te enamoras no pasa como en las películas -al menos a mí no me ha pasado- que aparecen cupidos y corazoncitos a tu alrededor. Simplemente vas ganando afecto por esa persona, vas queriendo pasar más tiempo con ella, vas imaginando un futuro juntos y alimentándote de ello... y eso es un proceso lento, por el que es fácil ir dando pasos sin saber bien a dónde te conducirán.

Creo que enamorarse siendo religioso como yo, o cuando estás pensando en entrar en una orden religiosa, es un aprendizaje del que se puede sacar mucho provecho. No porque sea una prueba que haya que superar -como si uno se pudiera enamorar varias veces en la vida- o una experiencia que hay que tener -bastantes experiencias ofrece ya la vida religiosa de por sí-, si no como un momento privilegiado de autoconocimiento: ¿Por qué me enamoro ahora?¿Por qué de esta persona? Plantearse estas preguntas con honestidad nos dará información de cómo somos, qué deseamos en realidad, qué nos atrae, qué huecos afectivos tenemos... Aunque son aspectos de nosotros que creemos que conocemos bien, al enamorarnos de otra persona se nos ponen ante el espejo, en verdad. Y nos devuelve la imagen real nuestra: un puñadito de afectos y deseos, desordenados, elevados, tormentosos, nobles... y llamados a entregarse al bien mayor.

Álvaro