Saber leer la paz interior

¡Cuántas veces al terminar una oración me he preguntado si lo sentido me lo he invitado o de verdad ha sido de Dios! Necesito como recapitular por dentro, volver a pensar y dejarme sentir lo que he ido sintiendo. Una clave importante que he ido aprendiendo en estos años de jesuita ha sido que cuando siento algo de Dios estoy en paz, tranquilo y sereno, aunque tenga agitación y suponga movimiento interior. También aprendí que cuando es más mío, más nervioso, más enredado me siento. San Ignacio así comienza a afinar la maquinaria del discernimiento. La necesidad de clarificar de quién es lo que siente en la oración. 

Dejar que otro lo vea suele ayudar a identificar elementos de Dios

Cómo me gustaría que fuese al instante. Esa claridad de darse cuenta en el momento que está sucediendo. Pero no suele pasar. Suelo necesitar tiempo, no es que yo sea muy lento, que puede ser, sino que las cosas de Dios requieren un tiempo de serenidad y de reposo. Y van pasando las horas, y los días, y los momentos de la vida, y de repente… al poco, uno siente que es de Dios cuando pacifica y consuela, cuando abre a la esperanza y se siente más enamorado de Cristo. Cuando es mío, se suele desinflar pronto, me inquieta porque tienen que encontrar una respuesta inmediata y me siento agobiado por no saber qué hacer.

Me sirve mucho la experiencia ignaciana para determinar uno y otro. Pero añado dos elementos más: el examen de la oración y el acompañamiento. Me hubiese equivocado en mi vocación muchas veces más si no hubiese examinado delante de Dios lo que he ido sintiendo en la oración. Y mil veces más me hubiese equivocado, si no lo hubiese compartido con los compañeros jesuitas que han sido acompañantes míos. Dejar que otro lo vea suele ayudar a identificar elementos de Dios y personales que no se ven con tanta claridad cuando uno lo piensa solo. Yo siento que me engaño en muchas ocasiones, que pongo mi etiqueta a cosas que son de Dios y, a veces, a cosas que vienen de Dios las dejo estar ahí como si las colocara en una repisa para que cojan algo de polvo. Pero cuando voy al acompañamiento y lo converso, siento que Dios me invita a ponerme en juego, una vez más, a seguir adelante con fe.

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