La soledad acompañada

Esta es una de las preguntas que con más frecuencia me han hecho en mi vida de jesuita. Yo pasé por un momento de mucha soledad por una enfermedad grave. Fueron muchos meses de estar solo, de reposo y de cierta melancolía de otras presencias que me hicieran sentirme más afectivamente reconfortado. Suelo decir que, para mí, la castidad tiene más que ver con soledad que con sexualidad. El voto de castidad te compromete a estar con Dios y con él con cláusula de exclusividad, en lo que se refiere al amor. Y, en gran medida, así es.

Nuestra vocación a la Compañía está repleta de rostros y biografías de mucha ternura y de mucha acogida.

Pero, ¿quién ha dicho que los jesuitas estamos solos? Quizás por la distancia entre nuestro lugar de origen y nuestro destino, no tengamos a mano a nuestra familia. No es verdad que los jesuitas no nos queramos entre sí ni que cuidemos unos de otros. No es mi experiencia. Siempre me he sentido reconfortado por un compañero jesuita que ha sabido estar junto a mi cama mientras me recuperaba de la enfermedad o cuando te sientes más solo porque la situación de la vida así te lo plantea, aparece un compañero en el otro lado del mundo, con el que puedes tener una conversación que anima el alma y que ayuda a no estar abandonado.

Una de las grandes ventajas de nuestra vida religiosa apostólica es los lazos de fraternidad y de afecto que entretejemos con unos y otros. Nuestra vocación a la Compañía está repleta de rostros y biografías de mucha ternura y de mucha acogida. Nunca nos sentimos solos si queremos abandonar el banquillo. Siempre hay una mano amiga. No hay que temer la soledad, hay que saber vivirla y cuando se atraganta, hay que saber pedir ayuda en ella. Jesuitas y compañeros de camino de todo tipo, saldrán al encuentro.