Orientar el amor

Siento que mi vocación es para siempre. Desde el comienzo de mi camino, cuando sentí la llamada de Dios y ese empujón suave a ser jesuita, se hizo latente que consistía en aprender a perseverar y a saber resistir las dificultades. Amar a otras personas no me da miedo. Enamorarme no me da miedo. ¿A caso seguir a Jesús no es estar enamorado?

Si en mi camino de jesuita, hubiera algún momento en el que me enamoraría con la misma pasión y con la misma fuerza de alguna mujer como lo estoy de Jesús, tendría que parar un poco, recolocarme en la vida y ponerme delante del Señor a pedirle con fuerza el don de la perseverancia. Porque significaría que el amor que siento por Jesús está en horas bajas.

No me da miedo enamorarme, me da más miedo dejar de estar enamorado de Jesús. Por eso, ser jesuita, como cualquier otra vocación, es un trayecto de largo recorrido, de alta velocidad. La vida va a una velocidad desmedida pero, como el esos trenes rápidos, hay que saber pararse en alguna estación. La oración cumple esa función, la práctica de los votos, la comunidad, la misión, la entrega, son estaciones para recolarme en el amor a Jesús.

No me da miedo enamorarme, me da más miedo dejar de estar enamorado. No hay que temer que otras personas se crucen en mi vocación, sino que la fidelidad no sea tan importante y que se enfríe mi estar con Jesús.

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